Islandia está a 600 o 700 millas de distancias

No lo sé bien, pero de ese orden es la distancia que hay, por mar, entre Swansea, en el sur de Gales, e Islandia. Aunque si todo va bien, tendré la oportunidad de saber exactamente cuántas millas son, navegando cada una de ellas, a partir del sábado, que zarpamos. No conozco en persona al capitán del barco, ni al resto de la tripulación. Sólo he hablado con él por teléfono y con el resto por e-mail. Seremos cuatro, y si los vientos son favorables, llegaremos en cosa de dos semanas al norte de Islandia, apenas pisando el Círculo Polar Ártico. El barco se llama “Dolphin”, y es un “Bristol Channel Pilot Cutter”, un velero de 39 pies (casi 12 metros) construido en 1909. Una joya de madera que flota y navega, una reliquia de la Era Dorada de la navegación a vela.

Es un reto, y me ilusiona. Aunque mentiría si dijera que la posibilidad de una tormenta no me inquieta. Pero si no existiera el riesgo, qué vida tan aburrida. Sólo espero estar a la altura de las circunstancias si la cosa se pone fea. Aunque con un poco de suerte, no tendré que probar nada, más allá de un poco de aguante para soportar estar 2 semanas sin dormir la noche del tirón. Por las guardias al timón, lo digo.

Y por supuesto, también me motiva mucho ver Islandia, de la que apenas sé nada, pero me suena a tierra hermosa, salvaje e inhóspita.

Intentaré, aunque no puedo garantizarlo, postear mi avance a través de tweets que enviaré a mi hermano por sms (vía teléfono satélite). Mis tweets se postean automáticamente en facebook, pero también los pueden ver en @RAzzollini.

A la vuelta les cuento con más detalle de qué va todo esto, y cómo fue la experiencia.

 

dolphin

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El botón del pánico

A principios de este mes me encontraba en Tucson, Arizona, por trabajo. Después de las reuniones me cogí unos días libres para ir a ver el Gran Cañón, que está al norte del estado, y un par de cosas más. Un corto viaje de carretera, de los que tanto me gustan. Pero no les voy a hablar de esa verdadera maravilla que es el Gran Cañón, ni de Antelope Canyon o de Navajo Nation, aunque quizá lo haga en otro post. Les voy a hablar de algo completamente distinto. Algo que no es hermoso, sino más bien horrible, pero que es realmente interesante desde el punto de vista histórico y tecnológico. Es el relato de la visita a uno de los lugares más simbólicos de la Guerra Fría: un silo nuclear. En concreto, al complejo 571-7, que ahora es el Museo del Misil Titan II, en Sahuarita, a unos 30 km al sur de Tucson.

De camino al museo, me sorprende que la base estaba bastante cerca de un núcleo urbano, y me pregunto cómo de secreta podía ser. Parece que de hecho, no mucho. Era prácticamente un secreto a voces en la ciudad, y los rusos sabían exactamente dónde estaba por fotos aéreas. Y es que un arma nuclear no es realmente disuasoria si no se tiene constancia fehaciente de su existencia.

 

En el jardín con cactus de la entrada hay un cartel que advierte del peligro de serpientes. Cactus, serpientes y armas nucleares: está claro que es un sitio plagado de peligros. El centro de visitantes consta de una pequeña exposición con información acerca del misil, una tienda de regalos de la “era nuclear”, y una sala de proyecciones con su correspondiente bandera americana. De la exposición me llama la atención el caso de un accidente, que tuvo lugar en 1980, en una base gemela en Arkansas. Haciendo unas comprobaciones en el silo, a un operario se le cayó una pieza de metal con tan mala suerte que chocó contra la pared, rebotó hacia el misil y perforó el tanque de combustible de la primera fase. El combustible (aerozine 50, una mezcla de hidracina y UDMH), que es algo así como la sangre del diablo, altamente tóxico, corrosivo, cancerígeno y explosivamente inflamable si lo pones en contacto con el oxidante, N2O4, en una combustión hipergólica que no requiere de chispa, empezó a salir a chorros por el agujero. Vaciado el depósito, el misil colapsó por su propio peso, el combustible entró en contacto con el oxidante, y explotó. Tapando el silo había una compuerta de hormigón de más de 700 toneladas que saltó por los aires. La segunda fase del misil y el vehículo de reentrada también salieron volando. La cabeza nuclear la encontraron a 30 metros del silo. En el incidente resultaron heridas 21 personas y otra murió. Por suerte, los sistemas de seguridad de la bomba nuclear funcionaron y no detonó ni hubo vertido de material nuclear. Por suerte.

 

Empieza la visita y nos da la bienvenida un militar retirado, guía voluntario, como casi todos los que trabajan en el museo. Nos avisa de que si medimos más de 1.75 tenemos que ponernos un casco, que hay que subir y bajar muchas escaleras, que no se puede comer ni fumar, y sin más, dentro vídeo. Él se lo debe saber de memoria, así que nos deja con otro señor en pantalla, con una coleta hippy setentera, pero vestido como un técnico nuclear. Como quiera que vistan, pero lo aparenta. Será por el casco. Luego me entero de que es uno de los historiadores del museo. Mis compañeros de visita, jóvenes con una media de edad de ~60 años (será que es entre semana), y yo, somos introducidos en el inquietante mundo de la amenaza nuclear disuasoria.

 

El complejo nuclear en el que me encuentro es del tipo LGM-25C, y eso hace referencia tanto al misil como a toda la instalación para activarlo y lanzarlo. El misil Titan II, capaz de poner en órbita baja una carga de 3.6 toneladas, o de enviar en un vuelo suborbital de media hora una cabeza nuclear a 15000 km de distancia, es el más potente ICBM (Inter-Continental Ballistic Missile) jamás puesto en servicio por EEUU. Estuvo operativo entre 1963 (un año después de la crisis de los misiles cubanos) y 1987, cuando fueron retirados por la administración Reagan como parte de los planes de modernización del parque nuclear americano. El cohete también se utilizó en el programa espacial tripulado, siendo el lanzador de las cápsulas Gemini (programa espacial precursor del Apollo). Como ICBMs, fueron sustituidos por los Minuteman en sus distintas versiones y los Trident (lanzados desde submarinos).

 

En el vídeo, el guía nos lleva desde la puerta de entrada al recinto, donde se debía hacer una llamada avisando de la llegada de visita, hasta la sala de control, en el búnker subterráneo anexo al silo. Entre medias, hace otras dos llamadas en sucesivas puertas. En la segunda había que recitar un código de acceso. Junto al teléfono había un cenicero para quemar el papel donde se había escrito el código. Y si no tenías mechero, pues te comías el papel. Aprendértelo de memoria también era una opción, por supuesto, pero en caso de equivocarte o haberlo olvidado, a los 3 minutos estabas cara al suelo, esposado, y con un rifle apuntando a tu cabeza. De hecho, a alguno le pasó y seguramente que no quedó como algo positivo en su expediente.

 

Durante el vídeo se introduce el concepto de “Destrucción Mutua Asegurada”, o M.A.D., por sus siglas en inglés. Un acrónimo que le viene al pelo. La idea es que en caso de que alguna de las dos potencias de la Guerra Fría hubiera iniciado un ataque nuclear sobre la otra, la respuesta habría sido tal que ambos países habrían sido destruidos por completo, de una manera bastante literal. Este estado de constante amenaza apocalíptica, cuyo peligro no tiene parangón en la historia de la humanidad, se mantuvo durante cuatro décadas. Estados Unidos llegó a contar con un arsenal, a principios de los 60, de unas 30000 cabezas nucleares. Resulta sorprendente que acumularan tantas cuando una pequeña fracción sería suficiente para mandar el planeta a la Era Terciaria. La justificación es que incluso en el caso de que muchas fueran destruidas por los ataque enemigos, otras interceptadas, y algunas simplemente erraran el tiro por motivos técnicos o meteorológicos, aún así, la aniquilación del enemigo estaba asegurada. No creo que haya ejemplo en la Historia de algo que sea más irracionalmente peligroso. Lo sorprendente es que fue llevado a cabo con extrema precisión por hombres en su gran mayoría razonables y sensatos sin errores catastróficos. Una prueba de que lo eran es que incluso teniendo miles de botones del Apocalípsis activados durante décadas, ninguno se apretó. Aunque poco faltó en alguna ocasión. Y por supuesto, todavía quedan muchos de esos botones.

 

Cuando termina el vídeo, el guía nos dice que el fundamento operacional del dispositivo, como la del aparato de defensa nuclear en su conjunto, era el de dar respuesta a un hipotético ataque ruso. Ellos no habrían lanzado el primer misil. No comenta, sin embargo, que el ejército para el que trabajó es el único que ha utilizado armas nucleares en situación de guerra. También nos dice que los misiles habían contribuido a mantener la paz, y que en el caso de una guerra nuclear nadie gana. Algunas de las señoras asienten con la cabeza y se repiten “nadie gana”.

 

A continuación, otro guía, también militar retirado, nos lleva a ver el silo. Pasadas las puertas de acceso, llegamos a la pasarela que une el búnker de control con el silo. Una puerta de acero  de 30 cm de grosor, como las de las cámaras acorazadas, permanece abierta a la entrada de la pasarela. Elige a una señora del público, y le pide que mueva la puerta con la mano, cosa que la señora hace con relativa facilidad. Luego dice que la puerta pesa 3 toneladas, y las amigas de la señora bromean sobre la fuerza sobrehumana de la voluntaria. El guía presume un poco de lo bien construido que está el silo, y como ejemplo pone la puerta, que nunca ha sido reparada y aún así no se ha vencido después de 50 años. Los demás asienten cuando la compara con las puertas de las casas de hoy en día.

 

La pasarela de metal, de unos 20 metros de largo, está enteramente suspendida con resortes espaciados cada pocos metros. Su función era absorber el impacto en caso de que una bomba nuclear explotara cerca. Por el mismo motivo, todas las luces están también suspendidas de resortes, y los cables que serpentean por las paredes tienen longitud extra para poder ser estirados sin romper las conexiones en caso de sacudida sísmica. Soportar la agresión y luego responder, esa es la idea.

 

Llegamos a la sala de control que está dentro un búnker de 3 plantas con forma de bombona de “camping gas”, y fabricado en hormigón reforzado con paredes de hasta 6 metros de grosor. La sala en peso también está suspendido con resortes, de un metro de diámetro en este caso. A la entrada, como en muchos otros sitios, hay un cartel que dice que estamos en una zona de “reglamento 2 personas”, lo cual quiere decir que en todo momento, y en todo el complejo, salvo en la zona de descanso y los servicios, los operarios debían ir siempre acompañados por alguien más. Por si necesitaban ayuda, por su seguridad, y también para que uno sirviera de vigilante y supervisor de lo que hacía el otro.

 

La sala de control, circular, tiene unos 10 metros de diámetro, y en el centro hay dos consolas de mando llenas de interruptores e indicadores. Cubriendo media pared hay paneles llenos de más interruptores y luces, y en el lado opuesto algunos armarios con lo que parecen ser manuales. En una esquina está el archivador “EWO” (Emergency War Order), bajo candados. Ahí es donde se guardaban los códigos de activación del misil.

 

En su día, el dispositivo era operado por 4 personas, un comandante, un subcomandante y dos subalternos, que trabajaban en turnos de 24 horas. La mayor parte del tiempo la dedicaban a hacer revisiones exhaustivas, y me imagino que bastante tediosas, de toda la instalación. También hacían simulacros de todo tipo de emergencias y, por supuesto, de lanzamientos. Muy ocasionalmente, también lanzaban un misil de prueba, aunque no sé si con cabeza activa incluida en algún caso, porque EEUU firmó el pacto de prohibición de detonaciones nucleares aéreas en 1963.

 

El guía vuelve a elegir a dos damas para hacer otra demostración. Sienta a cada una en una de las consolas, haciendo el papel del comandante y subcomandante. Nos explica que la secuencia de ignición consta de 13 pasos, que podían ejecutarse en cuestión de pocos minutos. Una vez abierto el armario EWO y sacadas las fichas de códigos, se comprueba que el código recibido por radio coincide con el que corresponda en las fichas. Se manda al misil la instrucción que marca el objetivo, el cual estaba en clave. Es decir, que los operarios desconocían si iban a mandar un misil a Moscú o a un silo nuclear en Siberia. También se saca del armario un código de 7 letras que activa una válvula de mariposa que deja pasar el combustible a la cámara de ignición del motor principal del misil. Sin ese código no se podía lanzar el misil. Luego, comandante y subcomandante giran simultáneamente sendas llaves en sus respectivas consolas, separadas por una distancia de 3 metros para que una persona sola no pudiera hacerlo. En cuestión de segundos se encenderían un par de indicadores más para dar luz verde, y luego ya sólo quedaba apretar un botón para lanzar el misil. Entonces quedaría esperar unas semanas a que el invierno nuclear de la 3a Guerra Mundial amainara para salir a la superficie. Aunque teniendo en cuenta de que eran un objetivo prioritario y que sólo tenían alimentos y aire para 30 días aislados del exterior, lo más probable es que no sobrevivieran a esa lamentable eventualidad. Tampoco se iban a perder gran cosa, seguramente.

 

Terminado el pseudo-simulacro, el guía felicita a las alegres participantes y les da unas tarjetas con algo escrito, que pide que lean en voz alta. “Yo apreté el botón”, dicen, y ríen. La gente está fascinada, y yo también, por supuesto, aunque encuentro conmovedora la actitud un poco paternalista y ligona del señor “misilero” con las “chicas” de la excursión. Y en el jovial marco de un silo nuclear, no deja de tener su punto cómico.

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A continuación nos llevan a ver el silo. Por el camino vemos colgados dos de los trajes RFHCO (pronúnciese “refco”) usados para manipular tanto el combustible como el oxidante. Parecen trajes espaciales de película sesentera. Cubrían herméticamente al operario, eran resistentes a la corrosión y al fuego, e incluían un sistema de respiración autónomo. Como ya he dicho, esas sustancias eran realmente peligrosas y tóxicas y su manejo era una tarea extremadamente delicada.

El silo tiene 9 niveles, el más bajo a unos 50 metros bajo la superficie. El misil, como una descomunal bala plateada de punta negra, tiene unos 30 metros de alto por 3 de diámetro, y está apoyado sobre un anillo de hormigón que también está suspendido con un sistema amortiguador. En cada nivel hay unas plataformas retráctiles que rodean el misil y que se usan para hacer mantenimiento o reparaciones en el mismo. En el lanzamiento, unos inyectores rociaban con unas cuantas toneladas de agua la zona justo debajo de las toberas para amortiguar el estruendo de los motores, que era más que suficiente para destruir el misil antes de salir del silo. Los gases del motor eran deflectados y expulsados por unos conductos paralelos al silo, para no quemar el misil.

Ahora estamos en la sala de alineación, donde, mediante un sistema óptico, se comprobaba la perfecta verticalidad del misil. Si eso no se cumplía, el sistema de guiado inercial y el ordenador de abordo (con una memoria de tan sólo 12 KB!) llevarían al misil al lugar equivocado. Hay que recordar que en ese entonces no existían los sistemas GPS, así que el misil sabía dónde estaba en todo momento respecto al objetivo, a miles de kilómetros del lugar de lanzamiento, haciendo cálculos que incluían básicamente el tiempo de vuelo, el impulso de los motores, la “actitud” (dirección en 3 dimensiones) del cohete, y la fricción atmosférica.  De los 30 minutos de vuelo, sólo los 5 primeros eran propulsados por los motores, el resto era un vuelo parabólico con correcciones menores de rumbo hechas por unos pequeños cohetes de combustible sólido. Por eso lo de “balístico”. El radio de error era del orden de decenas de metros. Desde un punto de vista técnico, a mi me resulta impresionante.

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Por una ventana podemos ver el misil, que sí, es enorme e impone. Es un misil “de verdad”, aunque de prueba, y nunca fue cargado con combustible. Cuando estaba operativo, el silo, cerrado herméticamente por la compuerta superior, se mantenía a una temperatura de 21 C con un sistema de aire acondicionado. Si se superaba, el oxidante se evaporaba rápidamente y podía hacer explotar el depósito. Ahora la puerta está permanentemente abierta aunque hay una bóveda de cristal en su lugar. Se puede ver el cielo azul de Arizona allá arriba y justo debajo el vehículo de reentrada donde iba la bomba.

 

La cabeza nuclear de estos misiles era de 9 megatones, que es capaz de arrasar un área de unos 60 km de diámetro. Eso equivale a unas 3 veces el poder destructor de todas las bomba soltadas durante la 2a Guerra Mundial, incluidas las de Hiroshima y Nagasaki. Justo el día anterior había estado en Barringer Crater, un cráter de impacto de 1.2 km de diámetro y 160 de profundidad, cerca de Flagstaff. Pues bien, se estima que el impacto liberó una energía equivalente a 10 megatones. En definitiva, era un monstruo de bomba, la más potente enviada mediante ICBM hasta la fecha. Y había otros 53 silos, con sus respectivos misiles, repartidos por Arizona, Arkansas y Nuevo México. Todos preparados para hacer una lanzamiento en cuestión de minutos. Hoy en día, EEUU cuenta con unos 450 ICBMs de tipo Minuteman III repartidos en 4 bases militares en el norte del país. Las cabezas nucleares de estos misiles tienen mucha menor potencia, de “tan sólo” 300 a 500 kT, pero pueden ir hasta 3 cabezas con objetivos independientes en cada misil.

 

Por suerte, los misiles Titan nunca se usaron en un ataque militar. Y la prueba, obviamente, es que estamos aquí. Hoy en día EEUU sigue teniendo más de 5000 cabezas nucleares activas o activables en caso de necesidad. También dispone de varios miles de cabezas nucleares en lista de espera para ser desmanteladas.

 

Más información:

 

http://en.wikipedia.org/wiki/LGM-25C_Titan_II

http://www.titanmissilemuseum.org/

http://www.themilitarystandard.com/missile/titan2/lr_afb.php

http://www.crypto.com/blog/titans/

http://www.montereycountyweekly.com/archives/2013/1010/article_dc9f3d5e-3118-11e3-83b7-001a4bcf6878.html

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Una de tiburones y bombas atómicas

Una de las escenas más intensas, y quizá mi preferida, de la película “Tiburón” es aquella en la que los tres hombres a bordo del “Orca” están comparando heridas de guerra y contándose batallitas en la cocina, después de su primer día de cacería, roce con la “bestia” incluido. Al capitán Quint no le hace especial ilusión tener que llevar de pasajeros al biólogo, Hooper, y al poli, Brody, que es quien paga a Quint por cazar al tiburón. Pero la adrenalina liberada durante la jornada y el alcohol hacen que el ambiente algo tenso del barco se relaje y surja algo cercano a la camaradería entre los tres. Después de bromear y cantar, la conversación vuelve al tema de los tiburones y adquiere un tono más serio. El capitán revela que estuvo en el naufragio del USS Indianapolis y cuenta cómo sobrevivió a la tragedia en un monólogo magistral que pone la piel de gallina. Juzguen ustedes mismos:

El actor, Robert Shaw, borda su actuación, sobria pero cargada de dramatismo y suspense, y con un punto de cinismo que da mayor credibilidad a su personaje, el de un hombre que ha visto el “horror” muy de cerca y ha vivido para contarlo. Shaw tiene el mérito adicional de haber participado en la redacción del texto. Es que el inglés, además de buen actor, era escritor. Y también algo borracho, y poco amigo de pagar impuestos, ya puestos a completar el retrato. Según dicen, entre plano y plano se echaba una copa, y esto le causó algún problema con el actor Richard Dreyffuss (el biólogo). Aunque no hay mal que por bien no venga, ya que la antipatía entre los dos fuera de la pantalla seguramente contribuyó a dar mayor credibilidad al antagonismo de sus personajes.

En la primera toma de la escena, y en un alarde de profesionalidad, Shaw propuso hacerla bebido de verdad, muy actor “de método” él. Spielberg, que estaba hasta los mismísimos de la película, principalmente porque los tiburones mecánicos fallaban más que una escopeta de feria, accedió. Pero el experimento salió mal y no se  pudo aprovechar ni un solo plano. Avergonzado, el propio Shaw le pidió a Spielberg repetir la escena, y al día siguiente, ya sobrio, clavó el discurso a la primera.

Pero volviendo al capitán Quint, lo que nos cuenta es histórico, y además su relato se ajusta bastante a lo realmente sucedido. El USS Indianapolis era un crucero de guerra, y fue el barco que llevó la primera bomba atómica operativa, “Little Boy”, desde San Francisco hasta la remota isla de Tinian, cerca de Guam, en el Pacífico. Desde allí volaría a bordo del bombardero “Enola Gay” para ser soltada sobre Hiroshima el 6 de Agosto de 1945.

Después de dejar la bomba, o para ser más precisos, partes críticas de la misma y el material fisible (U235), el buque emprendió rumbo hacia las Filipinas, haciendo escala en Guam. Pero nunca llegó a su destino. En la travesía fue atacado por un submarino japonés, el I-58, que lo hundió con dos torpedos certeros. Unos 300 de los 1196 hombres de la tripulación murieron directamente en el ataque. El hundimiento fue muy rápido, y no dio tiempo a bajar suficientes botes salvavidas, así que la mayoría tuvo que esperar en el agua a que los rescataran.

De los casi 900 hombres que quedaban tras el hundimiento, sólo sobrevivieron 317, y eso después de pasar 4 terribles días de sed, frío, hambre y mucho miedo, viendo cómo sus compañeros iban siendo devorados por los tiburones. Casi 600 murieron ahogados, por sus heridas, o devorados.  Los “afortunados” supervivientes fueron encontrados de casualidad por una patrulla aérea que rastreaba la zona en busca de submarinos japoneses. En el puerto de destino ni siquiera les habían echado en falta. La tragedia del Indianápolis fue el mayor desastre de la marina estadounidense en la contienda, y en ella murieron 879 hombres en total.

Supervivientes del USS Indiananpolis en la cubierta del USS Bassett (1945).

Supervivientes del USS Indiananpolis en la cubierta del USS Bassett (1945).

Entre los supervivientes del naufragio se encontraba el capitán del buque, el almirante Charles B. McVay III, que fue sometido a consejo de guerra por negligencia. Fue el único capitán de navío estadounidense al que se procesó marcialmente por perder un barco en toda la guerra (se perdieron 700 buques en combate). La principal acusación contra él era que no había navegado en zig-zag en condiciones de buena visibilidad, que era la maniobra a seguir en aguas con submarinos enemigos, para evitar que estos acertaran con sus torpedos. En realidad el capitán había recibido órdenes de zigzaguear a discreción, si el tiempo era favorable, aunque se ignoró este hecho, e incluso, algunos testigos declararon que la visibilidad no era buena. Otros, sin embargo, incluído el mismísimo capitán del submarino japonés que hundió el Indianápolis, Mochitsura Hashimoto, también llamado a declarar, afirmaron que la visibilidad sí era buena, apoyando la tesis de la acusación. Lo que también dijo el sr. Hashimoto es que hubiera zigzagueado o no, habría hundido igualmente el barco, aunque esto no se tuvo muy en cuenta. Finalmente, el juició se resolvió en contra de McVay. Aunque siguió trabajando para la marina, la sentencia truncó el progreso de su carrera, y tuvo un impacto terrible en su vida personal. En 1968, solo, tras sobrevivir a su mujer, víctima del cáncer, y amargado por cartas y llamadas telefónicas de odio que frecuentemente recibía de familiares de las víctimas del naufragio, se quitó la vida de un tiro.

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Mochitsura Hashimoto, el comandante del submarino japonés I-58 que hundió el USS Indianapolis. Fue llamado como testigo por la propia Marina estadounidense en el consejo de guerra contra el capitán McVay.

Décadas después, el señor Hashimoto, en una entrevista radiofónica, dijo haber tenido la sensación de que el juicio en sí había sido una pantomima con el veredicto decidido de antemano. De hecho, hay quien opina que la acusación contra McVay fue sólo una estratagema para ocultar errores graves por parte de la Marina. En primer lugar, los servicios de inteligencia sabían de la presencia del submarino japonés, que ya había hundido otro barco, el USS Underhill, en la trayectoria del Indianapolis, pero McVay no fue alertado, ni se le proporcionó escolta.

En segundo lugar, se tardó 4 días en rescatar a la tripulación, y eso gracias a que pasaba por allí un avión de casualidad, no porque los estuvieran buscando. Esto se debió a la confusión propia de una situación de guerra con múltiples operaciones simultáneas, y a una directiva defectuosa, que sólo requería que los barcos civiles diesen aviso de llegada a su puerto de destino, pero no los buques de guerra. La directiva se cambió a los pocos días de ser rescatados los supervivientes de la tragedia.

También se acusó al capitán McVay de no haber emitido señales de socorro, pero luego se pudo comprobar que sí se emitieron, al menos 3, pero fueron ignoradas suponiendo que habían sido emitidas como señuelos por submarinos japoneses para tender emboscadas a patrullas de rescate.

En resumen, numerosos errores, y una buena dosis de mala suerte dieron como resultado una tragedia que probablemente se pudo haber evitado, o al menos en parte.

Gracias el empeño de su hijo y de varios supervivientes del naufragio, el Congreso accedió a revisar el caso hace relativamente poco, y la Marina oficialmente le exoneró de toda culpa en 2001. Lamentablemente tarde, aunque al menos su hijo vivió para verlo.

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“Little Boy”, la primera bomba atómica de fisión de combate. Con una carga de uranio enriquecido de menos de 1 kg consiguió liberar energía equivalente a 16 kilotones de TNT sobre la ciudad de Hiroshima, suficientes para quitarle la vida a 80.000 personas en la explosión, y hasta 60.000 más por los efectos de la radiación.

Aunque sea estéril, es tentador especular con qué habría pasado si el submarino japonés hubiera encontrado al Indianapolis antes de entregar la bomba en Tinian, como pudo haber sucedido. En primer lugar, el uranio enriquecido era excepcionalmete difícil de producir.  Prueba de ello es que el diseño de la bomba no fue probado antes de ser detonada sobre Hiroshima. Sólo había combustible para una prueba, la de verdad. Así que, hundido el barco, muy probablemente se habría perdido todo el U235 disponible en el momento, y se habría tardado meses en volver a producir cantidad suficiente para otra bomba, cuando la guerra probablemente ya habría terminado y la detonación hubiera sido ya innecesaria. Es más, por lo que  he leído, en el barco también iban partes también de la segunda bomba, “Fat Man” (Nagashaki). De ser cierto, es bastante probable que ninguna de las bombas atómicas hubiera llegado a tiempo antes de terminar el conflicto, y la Historia hubiera sido bastante distinta. Si se hubieran salvado vidas de manera efectiva, teniendo en cuenta que la guerra se hubiera extendido algo más, es muy difícil saberlo. Pero me veo tentado a pensar que sí. En Hiroshima y Nagasaki murieron unas 200.000 personas, un ~10% del total de fallecidos japoneses en 8 años de guerra. Salvo que la guerra continuara años más, y es muy poco probable, seguramente se habrían salvado vidas. Aunque habrá quien, como el capitán Quint, juzgue como bueno que consiguieran “entregar la bomba”.

Para terminar, matizar que de los casi 600 hombres que murieron tras el hundimiento, probablemente sólo una minoría murió por los ataques de los tiburones que, según se cree, eran en su mayor parte tiburones oceánicos de puntas blancas. Jacques Cousteau los describió como “el más peligroso de todos los tiburones”, contribuyendo a su mala fama. Lamentablemente, y pese a ser muy abundante en los años 50, hoy en día, y debido a la sobrepesca, es una especie en estado “vulnerable” de conservación.  Es lo que tiene ser ingrediente principal de un plato que algunos encuentran delicioso, la sopa de aleta de tiburón.

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Tiburón oceánico de puntas blancas con su séquito de peces piloto

Más información:

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Tengo una Isla

Tengo una isla que es verde, que es roja, que es negra. Tengo una isla que es caliente, y que es fría, que es áspera, y que es tersa. Tengo una isla que me llama, me susurra, y que me grita. Tengo una isla que toca el cielo, que se estira y se retuerce en la orilla, que tiene los pies en el fondo del abismo.

Pero que puede caminar. Que sabe bailar.

Tengo una isla que llora, que grita, y que ríe. Que me empuja y que me arroja contra el viento. Tengo una isla que me espera, que anhelo. Que olvido y que recuerdo.

También tengo un corazón que es un islote magnético, un pedazo de lava aún caliente. Atrapado por una fuerza invisible. Volando lejos, volando a ciegas. Sin perder el Sur, sin encontrar el Norte. Que no pierde el aliento.

Tengo un corazón que pertenece a tus entrañas. Que es negro, aunque a veces, si lo moja la marea, brilla como un cangrejo. Un corazón que a veces corta, que a veces es asiento. Que no es altar, ni es cimiento. Que no es cama, ni es dique. Pero que quiere ser todo eso.

Es sólo una piedra en ningún camino. Ninguno visible, al menos. Es sólo un pedazo de tu carne ígnea que algún día te devuelvo.

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Mi caballo lento

Rompe el día con una luz mortecina, acuosa. Hace frío, el viento barre la llanura pelada. Subo a mi caballo, y lo echo a andar. Quisiera cabalgar, para dejar atrás el frío, y el recuerdo de una noche sin estrellas. Sin luna. Negra como pizarra.

Ahora, ante mi, una llanura vacía hasta de sombras. Se levanta algo de brisa, gélida, y siento el impulso de convertirla en viento, y de maltratar el suelo duro, helado, de esta tierra sin alma, con los cascos de mi caballo.

Pero no es capaz, o no quiere. Hace por trotar, pero al poco para, y camina errático, distraído. Parece agobiado por mi carga. Me enojo con él y le doy a las espuelas, pero sin resultado. Y me siento culpable, y le pido perdón al oído. Él sigue con su paso cansado, de caballo viejo. Descabalgo y lo llevo por las riendas. Al rato yo también me canso del paisaje, que no varía, y nos paramos. Me siento y miro a mi caballo. Me mira, ¿me reconoce? Ahí parado, con su musculatura aún joven sé que podría marcharse al galope si quisiera.

La pregunta que me hago es si esperaría por mi.

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Carnaval, carnaval

Hoy, a unos 3500 km de donde estoy, en otra isla, la mía, miles de personas, hombres y mujeres, van travestidos de riguroso y provocativo luto, en procesión detrás de una sardina gigante que tienen intención de incendiar, después de haberla paseado por media ciudad. La isla, Tenerife, la ciudad, Santa Cruz de idem. En una noche como ésta, hace ya casi 33 años, mi madre se puso de parto viendo esa misma “procesión”, el Entierro de la Sardina. Algo despertó mi curiosidad, supongo.

La procesión es cualquier cosa menos triste. Bueno, sí tiene un punto de tristeza, porque lo que se entierra es a Don Carnal, el espíritu del Carnaval. Miércoles de Ceniza, el comienzo de la cuaresma, y esas cosas, ustedes saben. Vamos, que la fiesta va terminando, aunque aún queda el sábado de piñata (y si te apetece, también puedes salir el viernes).

No es una procesión silenciosa, ni triste, ni mucho menos solemne. Todos han ido a divertirse, a hacerse pasar por viudas compungidas, exagerada e inconsolablemente destrozadas por la pérdida de un ser supuestamente muy querido, con el que todas y todos confiesan haber intimado de las formas más fogosas e impúdicas. Muchas desfallecen entre gemidos, y los curas consuelan a las almas en pena, mientras rezan en latín de garrafón por el fallecido. A algunas viudas, también les ofrecen generosamente la absolución, sin importar la gravedad de los tórridos pecados, si el escote es amplio y la confesión jugosa. Para dar ritmo a todo esto, una banda toca música fúnebre.

Yo quisiera estar ahí, pero este año no puedo. Bueno, no pasa nada, iré el que viene. Pero por no estar, he pensado un poco sobre lo que el carnaval significa para mi, lo mucho que significa. Y creo que para mi isla, y su gente, un poco lo mismo. Lo mejor del carnaval, más allá de la catársis que supone entregarse a la bebida, al baile, y al sexo un poco así al bulto, que también forma parte de la fiesta, es que se trata de una celebración en la que nos reímos de nosotros mismos. O eso creo que hacemos los que nos lo pasamos realmente bien en carnavales. Al menos es mi caso.

Disfrazarte de algo ridículo, que te de pie a vacilar con conocidos y ajenos, haciéndote pasar por lo que no eres, y no necesariamente aspiras a ser. Jugar con los dobles sentidos. seducir, y ser seducido. Sorprenderte con el ingenio que algunos demuestran con sus disfraces, y bailar literalmente hasta que amanece. Y entonces la calle, patas arriba, te encuentra medio vestido de vete a saber qué, borracho, quizá indocumentado, y probablemente sin móvil. Pero sin mucho esfuerzo, seguramente también feliz, o al menos despreocupado. Saciado y agotado, con seguridad.

Espero que los carnavales duren muchos años más. Creo que es una de las pocas cosas en la que los canarios, como sociedad, no digo como individuos, ponemos el corazón, y la imaginación. Es algo así como un acto creativo-festivo-colectivo. Una “mega-performance”, aunque tampoco quiero pasarme con la trascendencia artística, porque sería faltarle al respeto al muy inclasificable, impresentable, atávico y saciador de instintos primarios, señor Don Carnal, y no procede.

Pero bueno, basta ya de monsergas, que hoy aún es carnaval. Y si estuviera allí, estaría llorando con las otras viudas por la Sardina, y quejándome porque no me dejó pensión de viudedad, pero a la guarra esa seguro que sí. ¡Sí, me refiero a ti, que encima le ponías los cuernos! ¡Ay!

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Turismo en la calle “U”

Hace unas semanas tuve la oportunidad, por trabajo, de viajar por primera vez a los Estados Unidos (de América). Fue apenas una semana, en Washington D. C., y en una pequeña ciudad cercana donde están los laboratorios objeto de mi visita. No voy a describir la ciudad, o lo poco que pude ver del país, porque me extendería demasiado para lo breve que deberían ser mis publicaciones (y aún no lo son…). Sólo diré que el sitio me gustó mucho y espero poder volver pronto.

Pero a lo que voy. La noche antes de partir, un sábado, decidí salir a ver algo que no fueran “memorials” y edificios gubernamentales. Así que me fui a la calle “U”, al norte de la ciudad. Es un sitio con historia. En los años 20 del siglo pasado, la calle “U” se convirtió en la arteria principal del mayor barrio afroamericano del país (luego quedaría relegado al segundo lugar tras Harlem). En sus clubs y teatros actuaba la “crème de la crème” del jazz y del blues. Leyendas como Duke Ellington (que nació y se crió unas pocas calles más allá), John Coltrane, o Miles Davis actuaban con asiduidad en sitios como el teatro Lincoln o “the Caverns”, en la misma calle. Se le llegó a llamar el “Broadway Negro” por lo abundante y relevante de su oferta musical. Pero en 1968, tras el asesinato de Martin Luther King, en el cruce la calle U con la calle 14 se produjeron violentos altercados que se extendieron por toda la ciudad, y luego a otras ciudades del país. Tras semanas de violencia, que se saldaron con varios muertos, locales destrozados y edificios en llamas, el barrio quedó arruinado y fue prácticamente abandonado (excepto por los yonkis) durante décadas.

En los 90, la apertura de una boca de metro en la misma calle U, frente al teatro Lincoln, trajo de nuevo la prosperidad a la zona. Abrieron nuevos comercios, restaurantes y clubs, y en la esquina de la 14 con la “U” abrió un McDonalds. La droga, al menos su lado más marginal, fue desplazada, y hoy en día, la calle “U” es, junto con Adams Morgan, una de las zonas comerciales y de “marcha” más “cool” de Washington, que por lo demás es una ciudad bastante aburrida. Al menos en comparación con Nueva York, por lo que he oído.

Mi lista de cosas que hacer en el lugar sólo tenía 2 puntos. El primero era ir a un club con 85 años de historia, el “Bohemian Caverns”, que es como ahora se llama el “Caverns” que mencioné antes. Pero me encontré con que la actuación del día había sido cancelada. Y no sólo eso. El local estaba cerrado y precintado con cordón policial. Muy turbio y como de cine negro el asunto, pero no dejé de sentirme decepcionado. Aunque en el fondo tuve suerte, porque días antes había pensado en comprar una entrada para el concierto cancelado. Ese dinero que me ahorré.

Así que me metí en un club donde había conciertos de rock. Y no es que las bandas fueran malas (no recuerdo nombres), aunque tampoco eran para quedarse con el disco, pero el ambiente de universitarios “hipsters” y música pop-rock quedaba muy lejos de lo que yo había ido a buscar a la calle U, que era buena música negra.

Así que me tomé un par de rones, en parte como tratamiento para la gastroenteritis que venía padeciendo desde hacía 3 semanas, aplaudí, y me fui a por el segundo punto en mi lista de intereses: el “Ben’s Chili Bowl”. Se trata de un local de comida rápida con mucha solera. Es un local de los años ’50, y el mobiliario y la decoración lo dejan entrever. Es el único local en la zona que sigue abierto desde antes de los disturbios, y es famoso por sus perritos calientes con chile. Y la verdad que están muy buenos. Eso no formaba parte del tratamiento contra la gastroenteritis, pero tuve suerte de nuevo, y al día siguiente estaba algo mejor del estómago (no lamenté demasiado el picante…).

Como dato anecdótico, decir que cuando Obama ganó su primera elección, al llegar a la Casa Blanca, el alcalde de Washington D.C., también afroamericano, le invitó a comer en Ben’s Chili Bowl. En aquel entonces, en la pared colgaba un cartel que decía que Bill Cosby comía gratis. Ahora hay otro que dice que los únicos que no pagan son Bill Cosby y la familia Obama.

La comida está bien, sobre todo los “half-smoked”, pero lo mejor es la atmósfera peculiar del lugar. Es verdad que hay bastantes turistas, como yo, y eso le resta algo de “autenticidad”, quizá, pero no deja de ser un sitio interesante. Buena parte de los clientes parecen locales, y eso es buena señal.

Después del “half-smoked with chili”, ya sólo me quedaba dar una vuelta a ver si encontraba algo de jazz por casualidad, y si no, largarme, porque tampoco es que la calle tuviera mucha vida a esa hora. En estas, crucé la calle para sacar una foto de un mural precioso que había en un callejón, y escuché una trompeta, y luego una batería, y un bajo, y también un piano. Parecía venir de arriba, de un segundo. Sólo había una puerta que daba a una escalera, y no estaba muy seguro de que fuera el sitio, no parecía la entrada a un local, pero subí.

Así di con el “twin’s jazz club” un restaurante y club de jazz muy agradable. Por lo visto ha sido reconocido como mejor local de jazz de Washington por algunas revistas especializadas que no conozco, como tampoco conocía el local. Buena suerte de nuevo.

Quien actuaba era Keith Kilgo (batería), y su grupo, y me gustó la actuación. Hasta me compré un disco, que me dedicó (el LP, salvo por una sola canción, deja bastante que desear, pero me queda de recuerdo). Estaba contento de poder oír Jazz en la calle U. Tonto, o mitómano,  que es uno a veces.

Cuando salí del local la calle estaba mucho más animada, y me dieron ganas de quedarme y ver qué se cocía en los locales de música más bailable. Pero yo temía la llamada de la naturaleza en su versión más salvaje de un momento a otro, gracias al chile de Ben. Así que no quise tentar más mi suerte, y pillé un taxi al hotel.

Me tocó el de un etíope bastante dicharachero. Empezó hablando de los musulmanes, diciendo que si tenían demasiados hijos porque eran polígamos, y que su intención era la de dominar demográficamente “el mundo”. Bueno, algo de razón no le falta, en el sentido de que seguramente lo de permitir la poligamia viene de cuando la mortandad infantil era muy alta (en algunos países musulmanes seguramente lo siga siendo), y fuera imperativo tener muchos hijos para asegurar la descendencia.

Pero luego siguió hablando y decía que la gente debía contentarse con tener dos hijos, salvo que fueran ricos. Porque si no tienes dinero para mantenerlos, no tiene sentido tenerlos. Ahí estaba más de acuerdo con él. Aunque yo estoy a favor de un control de la natalidad y sobre todo del crecimiento demográfico que no sólo tenga en cuenta la renta de los padres, sino también la disponibilidad local de recursos naturales esenciales como agua, energía, alimento, etc., y también la degradación medioambiental. Pero eso, como que era difícil de explicar en un taxi, a medianoche, y con un par de copas. Y tampoco me pareció que el tipo tuviera ganas de escuchar, sino más bien de hablar. Así que le di la razón en lo de que, por responsabilidad, las parejas sólo deben tener los hijos que se vean capaces de criar con un mínimo de garantías sobre su bienestar y educación.

La educación, de eso también habló y de lo importante que es para la gente, y su prosperidad. Y de la democracia, y como en Etiopía no hay democracia. Pero en Estados Unidos sí, y por eso les va tan bien. Ahí también se me ocurrieron algunos matices, y cosas que opinar, pero igualmente, no quise entrar en sutilezas ni mayores debates. Y además, el tipo me cayó bien, se le veía convencido de lo que decía, y no quería decir algo que pudiera contravernir su entusiasmo.

Lo que sí hice fue decir, en algún momento, que Etiopía tenía grandes músicos, como… como… sí, éste, cómo se llama… sí, Fela Kuti. Yo ya me sentía un cosmopolita, un ciudadano del mundo. Cruzando Washington D. C. en un taxi, hablando de democracia y control demográfico con un etíope. Sólo que Fela Kuti es nigeriano, y yo quise decir Mulatu Astatke… cuando me di cuenta del error, días más tarde, pude entender la cara de “sí, lo que tú digas” que me puso el tipo cuando le mencioné al Fela Kuti.

Casualidades del destino, la semana que viene voy a poder ver actuar al señor Astatke, otro gran músico que dio a conocer su “etiojazz” en Nueva York en los años 70. Le preguntaré si conoce a un taxista de su país muy hablador que trabaja en Washington D.C…

Imagen

vídeo que hice con fragmentos que grabé durante el viaje:

http://www.youtube.com/watch?v=6N28RT3Osao

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